Era la noche del veinticinco de diciembre, cuando, de
repente, en la casa de Andy llaman a la puerta. Era la señora Crunchbull.
-Buenas noches señora Crunchbull, ¿qué desea? –preguntó
Andy mientras se fijaba en las miles de arrugas que tenía.
-¿Podrían hacer menos ruido? Estoy intentando dormir.-se
quejó.
- De acuerdo. ¡Pase una feliz Navidad!-se despidió Andy.
Andy era un chico alto, rubio y de ojos azules que vivía
en un pueblo al norte de América llamado Grickwell. Fue a mirar por la ventana
y vió un arco iris que empezaba en la casa de enfrente. Bajó rápidamente las
escaleras y salió a la calle. Llegó hasta el arco iris y se asombró mucho al
ver a unos pequeños seres descender por él.
-¡Oh grandioso Andy! ¡Por fin te conocemos después de
haber oído hablar tanto de ti!-le dijeron.
-¿Quiénes sois?-preguntó perplejo.
-Somos Solanios venimos del Sol para preguntarte algo.
-¿El qué?
-¿Por qué todos los años en estas fechas os reunís toda
la familia y cantáis unas canciones dedicadas a un tal Dios.
-¡Ah! Os referís a la Navidad. Nos reunimos
para celebrar el nacimiento de Jesús.
-Creo que he oído algo sobre él.-opinó uno.
- Pero, ¿por qué habéis oído hablar de mí si todo el
mundo celebra la Navidad?
-Porque tu vecina, la señora Crunchbull, era un espía y
os avisó de que eras una buena persona y muy amigable.
Después de estar hablando un buen rato fueron a casa de
Andy para contemplar de cerca lo que era la Navidad. A la mañana
siguiente abrieron todos los regalos. Los solanios volvieron a arco iris y cada
año vuelven a la Tierra
para ver a los humanos
Marina Beraza